PRENSA
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Miércoles 29 de octubre de 2008 | Crítica
Cinco siglos en dos cuadras
Por Jaime Botana
Tres grandes eventos en Rosario. Pro Musica Antiqua con el maestro Cristián Hernández Larguía, el Estudio Coral de Buenos Aires y un seminario de Monteverdi reivindicaron a Rosario como centro de las artes.
De manera progresiva y sumamente intensa, la Argentina se está convirtiendo en un centro mundial de la máxima importancia en cuanto a la música vocal. Ganadores de concursos mayores de solistas y de conjuntos corales nos estamos convirtiendo en punto de referencia internacional.
Dedicarse a la música en nuestro país es una tarea de extrema dificultad, sin embargo. El tiempo y la dedicación que requiere es hercúleo, y la falta de patrocinios lo hace aun más difícil, porque el retorno de las muchas horas robadas al sueño, al trabajo remunerado y al estudio es sólo artístico.
De la pléyade de seres que dedican su vida a mejorar la nuestra, tres conjuntos coincidieron en Rosario por un día reivindicando para la ciudad el honrosísimo título de centro de las artes.
El conjunto Pro Musica Antiqua, que nos representa ante el mundo como uno los máximos dedicados –entre otros repertorios– a la música del Medioevo y el Renacimiento, brindó un recital maravilloso en el auditorio de la Bolsa de Comercio, cuya excelente acústica nos permitió gozar una vez más de las huestes de Cristián Hernández Larguía, maestro de maestros y sin duda uno de nuestros directores más importantes, quizá el de mayor influencia de la Argentina.
Su programa, dedicado al Ars Nova italiano –siglo XIV– y al Renacimiento Italiano y Español –siglos XV y XVI–, fue vertido como es habitual en el Pro Musica con el máximo refinamiento y esa transparencia y dominio del estilo que ha sido una de sus características desde su fundación en 1962. Que el Conjunto haya logrado mantener esa categoría y ese sonido durante más de 40 años habla de la perseverancia y fidelidad a sus principios por parte del Maestro y del sólido grupo de integrantes permanentes –con la estupenda asistentade dirección Susana Imbern a la cabeza–, que lograron mantener esa excelencia premiada en el mundo, a pesar de los inevitables recambios de sus talentosos cantantes e instrumentistas.
El Estudio Coral dió una clase magistral de su especialidad: un panorama de la música del Siglo XX.
A dos cuadras de ese concierto, y lamentablemente en horario casi superpuesto, el invencible Mozarteum presentó en la renovada y espléndida Fundación Astengo al Estudio Coral de Buenos Aires, que dirige Carlos López Puccio.
El apresurado tránsito entre ambas salas nos hizo recorrer cinco siglos de la historia de la música, ya que el Estudio Coral dió una clase magistral acerca una de sus especialidades: un panorama de la música del Siglo XX. Eligió para ello obras de Ligeti y Messiaen (en el centenario de su nacimiento), que son, junto a Penderecki, los más importantes compositores contemporáneos.
Atento a lo totalmente nuevo del lenguaje de Ligeti, López Puccio hizo una iluminadora introducción a la tercera Abendphantasie, interpretada de manera impresionante, demostrando claramente el extraordinario aporte de su autor al lenguaje de la música. Difícil, ciertamente. Tanto para el azorado público como para el conjunto, dividido en dieciséis voces y produciendo un sonido inusitado: vibrante, iridiscente, nuevo, revolucionario, maravilloso.
El programa incluyó también el motete El Espíritu ayuda a nuestra debilidad de Bach, cuyas laudes no es necesario cantar: los Cinc Rechants y O sacrum convivium de Messiaen, y Las lamentaciones de Jeremías profeta, obra temprana pero indispensable de Ginastera, vertida de manera electrizante.
Este concierto fue dedicado a la memoria de María Eugenia Barbarich de Hernández Larguía, alma mater de la música rosarina e inspiradora fuerza motriz de todos los que la conocieron y crecieron merced a su consejo severo y respetuoso y a su generosa ayuda. Inolvidable Quena.
Como si estos dos hitos no bastaran, Gabriel Garrido comenzó a dar los últimos toques a su seminario acerca de Monteverdi, a la misma hora. Un orgullo para la vida musical argentina y una pena para el público, tironeado por tres briosos corceles. Y también para los integrantes de los tres conjuntos, que mucho hubieran deseado estar en todas partes al mismo tiempo, porque sabían que cada uno de ellos hubiera hecho un aporte substancial a su ser musical.
Bravo, Rosario.