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Viernes 15 de junio de 2007 | La Nación

Filigranas vocales casi milagrosas

Por Pablo Kohan

Estudio Coral de Buenos Aires. Dirección: Carlos López Puccio. Programa: obras corales de Debussy, Copland, Schönberg, Guastavino y Bach. Concierto del Mediodía del Mozarteum Argentino. Teatro Opera.

Nuestra opinión: excelente


Maradona erraba penales y, eventualmente, Nureyev podía tener una mínima desinteligencia con Margot Fontayn. Federer puede cometer una doble falta y, en plena función teatral, hasta Richard Burton podía titubear ante algún olvido circunstancial. No es ninguna novedad: una de las características inmanentes de todas las actividades que se desarrollan en el tiempo es la incertidumbre. Todo debe ser desarrollado en vivo frente al público. Sin embargo, parecería que tal cualidad inherente y esencial de las performances no es aplicable al Estudio Coral de Buenos Aires. Así como la garantía viene adosada al manual de los electrodomésticos, el certificado de excelencia debería venir incluido en el programa de mano de sus recitales. En una larga fila entran los cantantes al escenario y, al final, Carlos López Puccio. Con sus presencias, se instala la seguridad de que ellos sólo proveerán la exquisitez y la mejor calidad. Y una vez más, efectivamente, así fue.

Con un programa extraño y de obras poco frecuentadas, como casi todos los que presenta el Estudio Coral de Buenos Aires, el concierto comenzó con Trois chansons de Charles d Orléans, un tríptico de canciones corales breves de Debussy un tanto inconexas, pero que fueron una buena excusa para que, de entrada, López Puccio pudiera demostrar cómo se construyen las mejores filigranas vocales en obras muy disímiles. La primera, más modal y romántica que impresionista, es toda etérea. La segunda contrapone una voz solista a un acompañamiento coral de vocalizaciones y onomatopeyas. La tercera es la más enérgica, con alternancias de voces y con cambios texturales sustanciales. De principio a fin, sobrevoló la excelencia.

Lo más interesante y sorprendente de todo el recital fue In the beginning, de Copland, un largo relato bíblico que hace una muy peculiar síntesis de la Creación a lo largo de los primeros siete días. Con la participación de la mezzo Rosana Bravo en calidad de solista, este extenso motete está elaborado con distintas técnicas y modos compositivos. A lo largo de unos diez minutos, hubo texturas diversas, cantos declamativos, pasajes atonales, melodías de zigzagueos impredecibles, muy bien resueltas por Bravo, y elaboraciones musicales que atienden puntualmente al texto. Un dato agregado para corroborar la perfección técnica: al comienzo, la solista obtuvo el sonido inicial desde su propio diapasón. Antes de su última intervención, cuando larguísimos minutos de mucha música habían transcurrido, en un brevísimo instante la cantante repitió el procedimiento. Increíblemente, ni ella ni el coro habían calado la afinación ni siquiera en un octavo de tono. Además, por supuesto, y como era de imaginar, la interpretación fue excelente.

El Estudio Coral demostró más habilidades, ahora a puro expresionismo, con Friede auf Erden, de Schönberg. Como si la variedad no hubiera sido más que suficiente, después de tanta modernidad y experimentación, el coro se fue a los aires criollistas, tonales, melódicos y sencillos de Carlos Guastavino. Una después de otra, las canciones elegidas y bellamente presentadas fueron En los surcos del amor y Se equivocó la paloma. Por último, el concierto se cerró con Singet dem Herrn, un motete de Bach escrito para doble coro y con una fuga final a cuatro voces de realización feroz y sorteada a puro virtuosismo. Sí, nuevamente, todo excelente.

Tronaron los aplausos y el toque popular llegó fuera de programa con El periquito, una canción venezolana. La excelencia había llegado a su fin. Ahora bien, ¿no hubo errores, desinteligencias, dobles faltas o titubeos? Pues claro que sí. Alguna desafinación mínima se filtró ocasionalmente, algún desajuste entró sin pedir permiso y algún abarrotamiento vocal pudo ser percibido también. Pero nada que afectara ni siquiera un ápice esa perfección artística y musical, esa excelencia tan mentada que, se insiste, parece estar garantizada en toda presentación de este coro único y milagroso, una especie de medicina de amplio espectro en cuyo prospecto no figuran contraindicaciones y que sólo suministra bienestar.


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