PRENSA
Comentarios periodísticos
Jueves 5 de octubre de 2006 | La Nación
Magia y mística coral
Por Pablo Kohan
Concierto del Estudio Coral de Buenos Aires y Mario Videla, órgano. Director: Carlos López Puccio. Programa: Mozart: Obra completa para órgano y Ave verum corpus, K.618; Salieri: tres motetes; Bach: Coral Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ, BWV 639, Preludio y fuga en la menor BWV 543 y motete Singet dem Herrn, BWV 225. Festivales Musicales. Convento de Santo Domingo.
Nuestra opinión: muy bueno
Cuando apenas habían pasado unos minutos de la hora prevista para el inicio del concierto y con el Convento de Santo Domingo absolutamente colmado, de la nada, y sin que ningún artista hubiera entrado en escena, el sonido del órgano inundó el espacio. Viendo hacia el frente, por delante del altar, estaban ordenadas en un semicírculo de curvatura leve una docena de sillas vacías y, bien al fondo, sólo se veían los enormes tubos del instrumento. En algún lugar, entre el altar y las imponentes columnas tubulares, debía estar Mario Videla para accionar las teclas y los pedales. Cuando concluyó la Fantasía en fa menor, K.608, de Mozart, fueron las voces del Estudio Coral de Buenos Aires las que fluyeron amplias y bellas por sobre la multitud. También invisible, el grupo, con su director y su organista, estaba ubicado en el amplio balcón del primer piso, en el sector posterior de la iglesia, arriba de las últimas filas del público.
Así, un concierto de intérpretes ocultos vino a desafiar el concepto de performance que implica, necesariamente, la presencia corporal de los actores. Como una puesta muy bien estudiada, motetes de Salieri y de Mozart fueron alternando su aparición con las obras para órgano que Mozart escribió en el final de su vida.
La conformación de este espectáculo, como una puesta en escena muy bien estudiada y programada, tuvo como resultado la creación de una atmósfera entre mágica y mística que, en realidad, sólo pudo sostenerse, y con una altísima calidad, gracias a que eran Videla y López Puccio y sus coreutas los que estaban detrás de todo esto. Porque la apuesta podría haber sido un sonoro fracaso si la excelencia de los músicos no hubiera campeado en cada uno de los dos extremos del convento. Sobre todo porque, además, las obras para órgano de Mozart, más allá del interés de poder escucharlas en vivo y en directo, no son precisamente las creaciones que le han dado la inmortalidad, y las de Salieri, sin caer en redundancias conocidas, sólo alcanzan la decencia y la corrección, sin poder avanzar mucho más lejos.
La actuación de Mario Videla fue admirable. Si bien las tres obras de Mozart no son maravillosas, eso no implica que no sean extensas, dificultosas y muy requirentes. Videla apareció como dominador amplio de las partituras, tanto en los pasajes abrumadores en estilo de toccata, con algunas progresiones armónicas increíblemente osadas para la época, como en los pasajes fugados, arduos y, ciertamente, muy bien construidos.
Por lo demás, los cambios registrales operados por Videla aportaron colores y sonidos atrayentes. Con todo, el mejor momento organístico fue aquel que vino provisto por Bach. Gran conocedor de este repertorio, Videla ofreció una interpretación magistral del breve coral Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ y, en especial, del Preludio y Fuga en La menor, en la cual se retroalimentan y potencian las influencias del concierto italiano, la historia del luteranismo musical del norte alemán y la fantasía infinita de Bach.
Un conjunto superior
Por su parte, el Estudio Coral de Buenos Aires puede agregar otro jalón en su historial. Así como Gardel era capaz de transformar en notables a tangos insostenibles, López Puccio y sus muchachos pueden hacer bellos a motetes de Salieri en los que hay un primitivismo compositivo proverbial. Más aún, el De profundis que abrió el trayecto, con una melodía sumamente simple, cantada en unísono, sucesivamente, por las voces masculinas y las femeninas con encadenamientos en los puntos cadenciales, sonó armonioso y muy agradable. Con todo, lo mejor llegó con el Ave verum corpus, un motete celestial de Mozart y, fundamentalmente, y ahora sí con los cantantes situados delante del público, ocupando aquellas sillas vacías, con el muy luterano y festivo Singet dem Herrn , un motete bachiano que permitió apreciar el increíble e inagotable virtuosismo de este coro único y superior.
Como se solicitaba en el programa, nadie aplaudió hasta que concluyó este recital que se extendió en una única parte, casi por noventa minutos. La ovación fue interminable y merecida. Si desde la literatura, Thomas Elliot introdujo un asesinato en una catedral y Umberto Eco plantó un misterioso asesino serial en una abadía, mucho más cerca de la vida que de la muerte, Videla y López Puccio bien pueden vanagloriarse de haber ingresado la buena música y las mejores realizaciones dentro de un convento.