PRENSA
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Miércoles 24 de julio de 2002 | Página/12
Voces para obras endiabladas
Por Cristián Hernández Larguía
Concierto del Estudio Coral de Buenos Aires.
Fundado en 1981, el Estudio Coral que dirige Carlos López Puccio es “el mejor de nuestro país”, dice en esta nota el maestro Larguía.
Una serie de felices circunstancias hicieron posible la presentación, en el marco del espléndido hall central de la Bolsa de Comercio de Rosario, del Estudio Coral de Buenos Aires, que fundó y dirige el maestro Carlos López Puccio. Se trata, sin duda, de uno de los mejores coros que hemos escuchado y es, por lejos, el mejor existente en nuestro país. Desde su creación en 1981, este conjunto ha mantenido un nivel de excelencia que le ha permitido abordar con total solvencia y ponderable nivel artístico - así lo demostraron- las obras más complejas de la literatura coral universal. Integrado por un núcleo de profesionales del canto, muchos de ellos se desempeñan regularmente en calidad de solistas, transitaron con total solvencia “como si fuera fácil” , por un programa integrado por las más endiabladas obras del repertorio coral contemporáneo.
Resulta frecuente que en los coros integrados por cantantes, la homogeneidad del conjunto pueda verse amenazada por “solistas indeseados”. Sucede en los coros líricos, por ejemplo. Naturalmente no es el caso del Estudio, donde todas las voluntades apuntan a un fin común: el máximo respeto y total veneración de Frau Musik. Puede apreciarse lo dicho en la entrega de todos y cada uno de los integrantes a las más sutiles indicaciones del director, un Carlos en el que el tiempo ha ido aplacando sus ímpetus juveniles, depurando su estilo y llevándolo a una envidiable economía del gesto.
Las obras, que como hemos destacado constituían por su dificultad técnica e interpretativa un desafío, fueron interpretadas en forma impecable. El rango dinámico resulta espectacular, por decir lo menos. Sorprendente resulta la naturalidad con que se realizan pianissimi en los registros más extremos de las voces agudas. Agreguemos precisión rítmica, afinación perfecta, probidad y perfección artística... ¡fue todo un placer!
Ningún coro es superior a su director. En resumen, los méritos anotados tocan en buena parte al maestro Carlos López Puccio, músico de sólida formación, serio y emprendedor como pocos.
Algo que presentaba un particular desafío fueron las diferencias y los contrastes estilísticos de las distintas obras de un programa por demás atractivo. Cada compositor, cada obra o sección de ésta fue ubicada e interpretada desde un punto de vista estilístico en forma magistral, dando la impresión de que no cabía otra posibilidad, que así debía ser.
Conocemos al Estudio desde sus comienzos y hemos asistido con cierta regularidad a sus presentaciones, habiendo tenido además el privilegio de escuchar las grabaciones que Carlos nos hacía llegar; esto nos ha permitido seguir de cerca su evolución y constante progreso artístico y técnico. Si tuviéramos que resumir en una frase sus méritos diríamos que “como Gardel, cada día cantan mejor”, y este concierto fue apenas una demostración de ello.
El término excelencia aparece con justicia al hacer referencia al Estudio. En el momento que se vive en este país conviene destacar que ese resultado no es fruto de la improvisación y del facilismo reinante, sino que es el logro de años de un arduo y perseverante trabajo avalado por objetivos claros, un gran amor a la música y una enorme necesidad de expresarse. Serían necesarios unos cuantos Carlos López Puccio con sus correspondientes Estudios Corales si se pretende cambiar en algo el estado actual de la Argentina.
El complejo repertorio que eligió López Puccio
Un desafío para los mejores
Es importante destacar algunos puntos del repertorio elegido por el Estudio Coral para su presentación del miércoles pasado en la Bolsa.
• Olivier Messiaen. Si bien es cierto que la producción de Messiaen es fundamentalmente religiosa, algunas de sus obras escapan a esta tendencia: Harawi, Turangalila-symphonie y Cinc Rechants (1948) están todas basadas en poemas de amor, particularmente esta última, que celebra el amor como se halla simbolizado en la leyenda de Tristán e Isolda. A la par del texto poético francés, Messiaen usa aquí un idioma inventado que a través de sus fonemas afecta el timbre resultante de la obra.
• John Tavener. No resulta extraño que el Magnificat y Nunc Dimitis de Tavener constituya algo así como un puente en la brecha que separa a las iglesias de Oriente y Occidente. En efecto, el compositor, si bien inglés por nacimiento, pertenece a la Iglesia Ortodoxa Griega.
• Francis Poulenc. Dentro de la producción coral de Poulenc, Figure Humaine (1943) debe ser considerada una obra maestra del género. Basada en poemas de Paul Eluard y compuesta para un doble coro a seis voces es de una complejidad extrema que se traduce en las dificultades casi sobrenaturales que plantea su interpretación.
• Leonard Bernstein. La extraña Missa Brevis (1988) de Leonard Bernstein podría ser catalogada como una Misa Laica, si cabe el término. En efecto, la obra tiene su origen en la música incidental que su autor compuso para “La Alondra” de Jean Anouilh y fue el maestro Robert Shaw quien sugirió a Berny que en base a ese material musical compusiera una obra religiosa.
• Zoltán Kodály. Compositor con una marcada orientación hacia la música vocal, para quien la melodía fue siempre de primordial importancia. Las Escenas de Matra ponen de manifiesto la maestría de Kodály en la materia. Pocos compositores del siglo XX han demostrado tan profundo conocimiento del género o mayor devoción al mismo.